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Me he despertado sin saber si continúo soñando

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Territorio de sombras

No estoy muy segura de estar dentro de estos cientosesentaycinco centímetros de extensión vertical. No estoy muy segura de que estas piernas y estos brazos me pertenezcan. Tampoco siento como mío esos pies que asoman por el borde de las sábanas y que hacen sentirme fuera de contexto. Nunca me gustaron mis tobillos. A veces me imagino a Hansel y Gretel devorándolos lentamente… No me importa.
Estoy rara. Extranjera de mi cuerpo e intrusa de mi cerebro.

Siento que los halos que se cuelan caprichosamente por la persiana quieren estamparse contra mis párpados. Lo sentía, lo sabía y lo han logrado. ¡Cataplaf! ¡Maldita sea! No pienso abrirlos. Que se estampen y que luchen. Que se fagoticen si quieren… No me importa.

Hago un pequeño escorzo y me retuerzo entre los escasos resquicios que quedan de lucidez.
Si es que algún día la hubo.

No alcanzo a recordar qué he soñado. No tengo ni idea de qué he estado haciendo esta noche pero sé que ha sido breve. Muy breve. Masas grises sobrevolando mi cuento y una bandada de picazas en busca de algo que llevarse a la boca. Montañas, más grises aún, que se aventuran a alzarse como cohetes esperando que el contacto con el exuberante cielo les haga brotar remansos, meandros y praderas. Una mano que lanza cantos y guijarros sobre las nada turbias aguas. Cantos y guijarros que imprimen su huella en la superficie y que, como todo estrepitoso estallido, provocan surcos menores que desaparecen tras unos minutos. Nunca pasa demasiado tiempo, pero sin embargo tampoco nunca me he detenido y he esperado hasta cerciorarme que no queda ni un solo surco, hasta ver que, literalmente, las aguas volvían a su cauce.

No me siento culpable.

Tampoco recuerdo mucho más. Quizá una sombra… Quizá la tuya. Alguien estaba allí en calidad de espectador. Alguien que, a pesar de ello, también pretendía estamparse contra mis párpados. Energías en el aire. Expresiones dóciles y una alfombra turca invitándome a subir. De nuevo esa mano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cinco dedos; sí, era ella.

Mis neuronas piden refuerzos y mis pies siguen asomando por las sábanas.


Foto | ANA PÉREZ

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