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26 Septiembre, 2007 - Publicado por ANA PÉREZde la razón y la sin razón

Foto de ANA PÉREZ

Seguiremos existiendo mal que nos pese. Kilos y kilos de peso de existencia. Kilos y kilos de peso por pesar.

Viajes 2000, estación futura y tiempo muerto. Viajes 3000, estación antojo y lengua fuera. Viajes 3400, estación mutante y cielos abiertos. Viajes 2000, de nuevo a la tierra.

Las manchas de la piel se quedan en el aire, no se atreven a impregnarse nuevamente en esa dermis oxidada de falta de caricias y de heridas mal curadas. Las pecas deciden hacerles compañía. Pecamanch. Comunión armónica de vivencias rasgadas que se niegan a ubicarse en ese mismo cuerpo, en esa misma sangre. Pigmentación de zinc y carbono. Pero los animales no quieren entrar en el Arca. Noé está muerto y en su testamento sólo pidió un deseo: no reencarnarse.

A mí me parece bien, me parece correcto como diría Cristina. Si no quieren entrar que no entren pero en el pasillo hacen un flaco favor a sus otras compañeras, a esas otras anodinas manchas que no sé si son manchas por ausencia de pigmentación o por exceso de la misma pero que han optado por cobijarse bajo el abrazo de la limpia piel.

 

    Estaciones de paso que pesan por no pasar
    Paradas innecesarias y estúpidas
    Puertas que se abren sin haber pulsado el botón verde
    Paisajes embriagadores tras el cristal

 

No sé cuál es mi parada ni qué arcén escoger.

 


Foto | ANA PÉREZ

28 Agosto, 2007 - Publicado por ANA PÉREZde la razón y la sin razón

Territorio de sombras

No estoy muy segura de estar dentro de estos cientosesentaycinco centímetros de extensión vertical. No estoy muy segura de que estas piernas y estos brazos me pertenezcan. Tampoco siento como mío esos pies que asoman por el borde de las sábanas y que hacen sentirme fuera de contexto. Nunca me gustaron mis tobillos. A veces me imagino a Hansel y Gretel devorándolos lentamente… No me importa.
Estoy rara. Extranjera de mi cuerpo e intrusa de mi cerebro.

Siento que los halos que se cuelan caprichosamente por la persiana quieren estamparse contra mis párpados. Lo sentía, lo sabía y lo han logrado. ¡Cataplaf! ¡Maldita sea! No pienso abrirlos. Que se estampen y que luchen. Que se fagoticen si quieren… No me importa.

Hago un pequeño escorzo y me retuerzo entre los escasos resquicios que quedan de lucidez.
Si es que algún día la hubo.

No alcanzo a recordar qué he soñado. No tengo ni idea de qué he estado haciendo esta noche pero sé que ha sido breve. Muy breve. Masas grises sobrevolando mi cuento y una bandada de picazas en busca de algo que llevarse a la boca. Montañas, más grises aún, que se aventuran a alzarse como cohetes esperando que el contacto con el exuberante cielo les haga brotar remansos, meandros y praderas. Una mano que lanza cantos y guijarros sobre las nada turbias aguas. Cantos y guijarros que imprimen su huella en la superficie y que, como todo estrepitoso estallido, provocan surcos menores que desaparecen tras unos minutos. Nunca pasa demasiado tiempo, pero sin embargo tampoco nunca me he detenido y he esperado hasta cerciorarme que no queda ni un solo surco, hasta ver que, literalmente, las aguas volvían a su cauce.

No me siento culpable.

Tampoco recuerdo mucho más. Quizá una sombra… Quizá la tuya. Alguien estaba allí en calidad de espectador. Alguien que, a pesar de ello, también pretendía estamparse contra mis párpados. Energías en el aire. Expresiones dóciles y una alfombra turca invitándome a subir. De nuevo esa mano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cinco dedos; sí, era ella.

Mis neuronas piden refuerzos y mis pies siguen asomando por las sábanas.


Foto | ANA PÉREZ