Me he despertado sin saber si continúo soñando
No estoy muy segura de estar dentro de estos cientosesentaycinco centímetros de extensión vertical. No estoy muy segura de que estas piernas y estos brazos me pertenezcan. Tampoco siento como mío esos pies que asoman por el borde de las sábanas y que hacen sentirme fuera de contexto. Nunca me gustaron mis tobillos. A veces me imagino a Hansel y Gretel devorándolos lentamente… No me importa.
Estoy rara. Extranjera de mi cuerpo e intrusa de mi cerebro.
Siento que los halos que se cuelan caprichosamente por la persiana quieren estamparse contra mis párpados. Lo sentía, lo sabía y lo han logrado. ¡Cataplaf! ¡Maldita sea! No pienso abrirlos. Que se estampen y que luchen. Que se fagoticen si quieren… No me importa.
Hago un pequeño escorzo y me retuerzo entre los escasos resquicios que quedan de lucidez.
Si es que algún día la hubo.
No alcanzo a recordar qué he soñado. No tengo ni idea de qué he estado haciendo esta noche pero sé que ha sido breve. Muy breve. Masas grises sobrevolando mi cuento y una bandada de picazas en busca de algo que llevarse a la boca. Montañas, más grises aún, que se aventuran a alzarse como cohetes esperando que el contacto con el exuberante cielo les haga brotar remansos, meandros y praderas. Una mano que lanza cantos y guijarros sobre las nada turbias aguas. Cantos y guijarros que imprimen su huella en la superficie y que, como todo estrepitoso estallido, provocan surcos menores que desaparecen tras unos minutos. Nunca pasa demasiado tiempo, pero sin embargo tampoco nunca me he detenido y he esperado hasta cerciorarme que no queda ni un solo surco, hasta ver que, literalmente, las aguas volvían a su cauce.
No me siento culpable.
Tampoco recuerdo mucho más. Quizá una sombra… Quizá la tuya. Alguien estaba allí en calidad de espectador. Alguien que, a pesar de ello, también pretendía estamparse contra mis párpados. Energías en el aire. Expresiones dóciles y una alfombra turca invitándome a subir. De nuevo esa mano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cinco dedos; sí, era ella.
Mis neuronas piden refuerzos y mis pies siguen asomando por las sábanas.
Foto | ANA PÉREZ



















28 Agosto 2007, a las 20:43
¿Por qué la gente no se atreve a seguir divagando conmigo?
28 Agosto 2007, a las 23:20
Miedo … de si mismos
Alguno dirá que nos falta un tornillo. Demasiada “razón” conduce a la “sin razón”. Por eso conviene “divagar” …voy a soñar durmiendo y mañana seguimos divagando.
Enhorabuena por esta sección… me encanta el título “de la razón y la sin razón”. Promete, igual que promete esos proyectos no muy razonados en donde me gusta meter a la gente que voy conociendo
30 Agosto 2007, a las 00:22
divagar, divagueando, di vagueando, … vagueando …vagueando, vagueando…
se me va la pinza de la neurona, ya no se sujeta, ya se cae… y no es de extrañar siendo la hora que es y más viendo como se cae Servidor…, no servidor, sino el Servidor … de esta página desde la que nos invitas a divagar Ana, y es que no habiendo estado nosotros muy dispuestos a tu solicitud el servidor muy servicial como su nombre indica debió seguir tus sugerencias y divagó un buen rato…
…ay! que ya divago, digo que di vago que estoy me voy a ir a dormir, porque si no mañana la neurona no se me sujeta ni con loctite.
Enhorabuena Ana por esta “razón sin razón”
31 Agosto 2007, a las 18:27
Sí.. es como jugar al escondite con el sentido de pertenencia y perder la partida. Como perder el sentido de la orientación y no estar segura de en que lado de la línea estas, es que a veces es tan fina… como la que separa la razón de la sin razón y puestos, yo paso turno. Que la razón la tengan otros yo me quedo con la libertad.
jeje lo de divagar ya lo he hecho
Espero que el siguiente paso no sea el de concluir, glups¡
Un abrazo Ana.